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En el marco del 50° aniversario del golpe de Estado de 1976, el programa El Séptimo Día de Radio Plaza dialogó con Oliva Cáceres de Taleb, militante diamantina que permaneció seis años en cautiverio durante el periodo más oscuro de la historia argentina. En una entrevista profunda y conmovedora, repasó su detención, el dolor de dejar a su hijo recién nacido y la importancia de mantener viva la memoria en las nuevas generaciones.

El cuerpo tiene memoria

Para Oliva, cada 24 de marzo no es solo una fecha en el calendario; es una vivencia que se manifiesta físicamente. «Hace unos días que el cuerpo me viene avisando la proximidad del 24 de marzo; es un día mío, el día que me detuvieron en una madrugada», relató. Aquella jornada de 1976, su ciudad natal, Diamante, se transformó ante sus ojos: «Era como una ciudad tomada en plena guerra; me sorprendió terriblemente a pesar de que estaba acostumbrada a ver armas por el regimiento local».

Su detención no fue un hecho aislado, sino parte de un despliegue sistemático. «Me llevaron a la jefatura de policía porque no solamente nos buscó el Ejército, sino que iban acompañados con policías del lugar con los cuales yo me cruzaba todos los días», recordó Oliva, subrayando que en aquel lugar comprendió que el operativo era masivo: «No fue un día donde fueron por mí, fueron por todo y por todos».

El motor de la supervivencia: el reencuentro

Al momento de ser secuestrada, Oliva dejó atrás a su primer hijo, un bebé que aún amamantaba. Ese vínculo se convirtió en su principal fortaleza para resistir seis años de cárcel ilegal. «Tenía objetivos bien claros que eran volver sana y salva. Tenía un compromiso de reencuentro con Jorge —su esposo, también detenido— pero sobre todo con el bebé que había dejado», explicó con emoción.

Incluso en la inconsciencia del momento inicial, intentó proteger su rol materno: «Cuando me dicen que me van a llevar, les dije: ‘esperen que tengo que cambiar al bebé’, y me respondieron que el bebé no iba». Durante su cautiverio, su madre llevaba al niño a los cuarteles con la esperanza desesperada de que le permitieran alimentarlo, una muestra de las «cosas mínimas humanas» a las que los represores se negaron.

Justicia, verdad y educación

Cáceres de Taleb fue contundente al diferenciar el proceso legal que vivieron los genocidas frente al terror que ellos impusieron. «Las heridas están sin cicatrizar porque hay gente que atiza y abre la herida más profunda; los responsables son los genocidas, que felizmente conocieron juicios legales que no tuvimos nosotros», sentenció.

Asimismo, hizo un fuerte llamado a los educadores y a la sociedad para abordar el pasado sin sesgos partidarios. «El terrorismo de Estado es lo que se llevó a cabo; si los docentes no lo muestran en las aulas, estamos permitiendo que el relato de la guerra o de las dos fuerzas armadas siga dividiéndonos», advirtió. Para ella, defender los derechos humanos es una cuestión de honestidad y supervivencia democrática: «Los derechos humanos deben ser una política de Estado; son propiedad de todos y no pertenecen a un partido político».

Un legado sin resentimiento

A pesar de haber recuperado su libertad pocos días antes de la Guerra de Malvinas tras años de horror, Oliva asegura que en su relato no hay odio. «Cuando le contamos la historia a nuestros nietos, no hay ni una pizca de resentimiento hacia los que nos llevaron a este estado», afirmó.

Hoy, su lucha continúa a través de la palabra y el testimonio, invitando a todos a participar de los actos por la memoria. «Celebremos y respetemos la vida sin renunciar a conocer nuevos bebés apropiados que ya son hombres; se trata de ‘Nunca Más’ y de no sentir vergüenza de defender los derechos humanos», concluyó antes de partir hacia Victoria, donde recibirá un reconocimiento en nombre de sus compañeras de militancia.

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