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A 44 años del inicio de la Guerra de Malvinas, la politóloga y periodista Alejandra Conti analizó la situación actual de las Islas Malvinas. Coautora junto a Sergio Suppo del libro Malvinas, el lugar más amado y desconocido por los argentinos, Conti ofreció una visión crítica sobre la política exterior argentina, el impacto del nuevo orden geopolítico y la realidad de los isleños, tras haber visitado el archipiélago en seis oportunidades.

En una profunda entrevista brindada al programa El Séptimo Día, que se emite por Radio Plaza (94.7), la especialista señaló que, a pesar del paso del tiempo y los cambios globales, la posición argentina respecto al reclamo de soberanía no ha logrado avances tangibles, estancada en lo que denomina un «declaracionismo» que prioriza el orgullo nacional por sobre los intereses pragmáticos.

– ¿Cuál es su diagnóstico sobre la situación actual de Malvinas en este contexto mundial tan cambiante?

-Siguen cambiando las cosas en Argentina y en el mundo. El tiempo pasa, pero nosotros respecto de Malvinas estamos siempre igual. No pasa nada, no cambia nada respecto a nuestra situación. Estamos parados en el mismo lugar como lo estábamos inmediatamente después de la guerra. Diría que incluso peor, porque los últimos años, con la política de hostigar a los isleños, los sentimientos se han vuelto más hostiles. Lamentablemente, no veo ningún avance en ningún sentido.

– Usted menciona que las políticas de hostigamiento fueron un error. ¿Cómo repercutió esto en el escenario actual?

Si han pasado 44 años y estamos parados en el mismo lugar es porque algo estamos haciendo mal. Si te fijás en la historia de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, con los horrores que ocurrieron, a los diez años estaban sembrando la semilla de la Unión Europea. Nosotros estamos con Malvinas actuando como una fantástica excusa para ser demagogos, para obtener el favor en las elecciones, para batir el parche o para sentirnos patriotas, pero concretamente no hemos alcanzado nada.

-Se observa una presencia británica consolidada y ejercicios militares. ¿Qué posibilidades de diálogo real existen hoy?

Para resolver un conflicto tienen que hablar las dos partes y hay que encontrar vías de diálogo. Para nosotros, Malvinas ha sido un objetivo de política, pero no he visto medidas ni negociaciones concretas, más allá del declaracionismo y mantener la conversación en foros internacionales. Son dos países con estructuras mentales diferentes. Para nosotros es un tema vital; para los ingleses, Malvinas es el pie de página en un capítulo de la historia de su país. Ellos se plantan en que, una vez que se pierde la guerra, se pierde todo derecho a reclamar. Nosotros nos plantamos en que la guerra fue un episodio que podemos pasar por alto y queremos volver a negociar.

-¿Cree que Argentina debería replantear su estrategia de negociación?

-En la política argentina no cabe como estrategia la posibilidad de decir: ‘Vamos a negociar y tal vez no tengamos todo ni lo tengamos ya’. Se ha usado el tema con objetivos demagógicos sin decirle a la gente que la realidad es muy difícil y que puede llevar mucho tiempo, partiendo de una base que puede significar que no vamos a recuperar todo. Se ha priorizado el orgullo nacional por sobre criterios más pragmáticos o útiles para nuestros intereses. Las actitudes de los últimos años son contrarias a nuestros intereses por una cuestión de orgullo.

-En relación al actual alineamiento del gobierno de Javier Milei con Estados Unidos e Israel, ¿qué impacto cree que tiene esto en la causa Malvinas?

El alineamiento con Estados Unidos e Israel me parece sumamente arriesgado e imprudente. Un país como el nuestro tiene que tratar de mantener relaciones equilibradas y equidistantes con todo el mundo. Un alineamiento tan enseguecido no es positivo. La geopolítica en 44 años no se ha quedado estática. Esas islas que Inglaterra poco menos que quería vendernos o regalarnos en los años 70, hoy tienen un valor muy diferente». «Con las idas y vueltas de Donald Trump en Estados Unidos, el panorama está tan revuelto que no sabemos qué puede pasar. Son todas especulaciones en una situación donde nada es suficientemente loco y nada es completamente imposible.

-Usted ha estado seis veces en las islas. ¿Qué es lo que más le impactó de esa realidad física y humana que describe como «desconocida»?

Lo primero que te choca es ver que es todo inglés. No hay nada argentino en las islas, salvo los muertos. Luego, el viento atroz que a veces te corta la respiración y un paisaje medio patagónico donde siempre ves el mar. Fue muy interesante hablar con los isleños. Ellos se sienten muy orgullosos de las ocho o nueve generaciones que llevan ahí y no quieren que nadie les imponga una agenda política. Tienen la psicología del isleño: muy orgullosos de su pedazo de tierra en el medio de la nada que han hecho a fuerza de trabajar en ese clima hostil.

– ¿Es posible hoy entablar un diálogo con los habitantes de las islas o la barrera es infranqueable?

Cualquier periodista puede llamar a la legislatura o a la casa de gobierno de las islas y te van a responder, tienen esa conciencia de funcionario público. Lo que es mucho más difícil son las relaciones interpersonales. Ellos están muy a la defensiva, convencidos de que en algún momento puede haber otro intento de recuperar las islas por la fuerza. Si no deponemos el reclamo de soberanía, nos ven como enemigos. Yo me pregunto: ¿no habría sido bueno que nosotros pudiéramos mandarle verduras o medicamentos cuando tuvieron escasez de alimentos frescos? ¿O que el avión que no pudo aterrizar por el viento fuera a Río Gallegos en lugar de desviarse a Montevideo? Es bueno preguntarse si para nosotros es útil no tener absolutamente ninguna relación con las islas.

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